Camina por allí un tal Juan. “Maestro, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?” (Lucas 9.54) Un Juan con cero porcentaje de amor e interés por los demás. Juan ha revelado su misma esencia e ideales, y la mirada natural lo encasillo inmediatamente en el estante de los elementos descartables. Algunos argumentan que este reacio hombre no encaja en el modelo estándar del amor cristiano. Tal vez sin darse cuenta, Juan mostró su lado fallado, su temperamento desacertado.
“Juan, acércate un segundo. Teniendo en cuenta tus antecedentes, ya sabemos como sigue tu destino. Lo hemos pensado bien, y… no, no has calificado. Sucede que no necesitamos en nuestras iglesias a líderes vengativos y demoledores, capaces de atropellar a los demás con el único objetivo de quedar bien. Tú no sabes escuchar, no eres comprensivo. ¡Tú no eres de la clase de personas que se vislumbre como un gran pastor! Vas al choque con todos, ¡eres un arrebatado por excelencia! El Maestro te guío por tres años en que lo viste rebosar amor con todos, y tú ¡sigues creyendo en la justicia por mano propia! Eres rarísimo Juan, ¡no entendiste nada! Si, sabemos que quieres seguir a Jesús, pero tu estilo de vida y tu temperamento te marginan. Perdónanos Juan, pero eres tiempo perdido. Quedas fuera. Subite al estante de los postergados y olvidados”.





